Cinco años después

Cinco años después de la pandemia, la bancada de la izquierda del Congreso de los Diputados se puso en pie y aplaudió al responsable de la gestión del coronavirus en España. El aplauso lo provocó Mónica García, ministra de Sanidad, cuando dirigiéndose a la tribuna de invitados donde estaba Fernando Simón, le dijo: «gracias y mil veces gracias por estar ahí, por dar la cara, por tu profesionalidad, por hacerte cargo de la salud de un país, por aguantar los insultos, por aguantar la indecencia…». Sólo faltó que azuzara a los suyos con el necrófilo grito de Millán Astray: «¡Muera la inteligencia!».

Aclamar a Simón fue una caricatura de beatificación laica, a pesar de que las evidencias demuestran que su gestión fue pésima. Es despreciar la memoria histórica de la pandemia y la inteligencia científica. No sabemos si su actuación se debió a su propia incompetencia o al sacrificio de la ciencia en el altar de los intereses políticos del gobierno de Pedro Sánchez. En cualquier caso, Simón dimitió de la ciencia. Pero no por eso procedería decirle -al estilo del concejal de Gandia Adrián Vila– que lleva tatuada en la frente la cifra de muertes por coronavirus. No sería justo, aunque tampoco es justo ignorar o blanquear la verdad de lo que ocurrió durante la pandemia.

Los yerros y negligencias de Fernando Simón están documentados. Algunos de ellos son sus predicciones equivocadas y sus consejos: su afirmación de que el riesgo del coronavirus en España iba a ser «bajo o muy bajo» y que no era necesario que la población utilizara mascarillas, o no haber considerado a tiempo la suspensión de actos públicos.

Pero lo peor de su gestión fue ignorar que entre el contagio y el registro de casos transcurrían aproximadamente dos semanas. Ese era el tiempo entre la exposición al virus, los síntomas, la atención médica, diagnóstico y confirmación y, finalmente, la notificación al Ministerio. Ese error fatal condujo a que las medidas para hacer frente a la propagación del virus se adoptaran sistemáticamente con unos 15 días de retraso, una eternidad para la propagación del virus.

Fernando Simón se asustó con los 999 casos confirmados el 9 de marzo, pero no se enteró o no quiso enterarse, de que los contagios de esos 999 casos se habían producido antes del 23 de febrero. Tampoco se enteró de que cuando se decretó el estado de alarma el 14 de marzo, ya había en España unos 77.000 contagiados, sin contar los casos asintomáticos o con síntomas leves, que nunca serían diagnosticados ni registrados. Esa perspectiva errónea de la pandemia, condujo a la demora en la aplicación de medidas para evitar contagios. Ese error se repitió durante las siguientes olas pandémicas, que acabaron siendo más mortíferas que la primera ola.

La dinámica de propagación de una pandemia es similar a la de una bola de nieve cayendo por una pendiente nevada. Cuando es pequeña se puede detener con la mano, pero cuando toma velocidad y adquiere volumen, ni un camión la puede frenar. El confinamiento del 14 de marzo se decretó porque la bola de nieve del COVID-19 ya era casi imparable, es decir, el impulso pandémico era demasiado elevado. Quince días antes, cuando la bola aún era pequeña, hubiera sido suficiente aplicar medidas menos severas, incluso en aquellas zonas en las que el impulso pandémico era mayor.

En un análisis contrafactual realizado por un grupo de trabajo del que formé parte (publicado en la revista internacional indexada: Technological Forecasting and Social Change), se analizó cómo se hubiera podido controlar la pandemia en España mediante intervenciones tempranas, concretamente los días 2 de marzo, 7 de julio y 15 de diciembre de 2020. El resultado de ese análisis es abrumador, ya que el número de casos se hubiera reducido en un 83% y los hospitales no se habrían colapsado. El número de muertes se habría reducido aún en mayor proporción, la economía habría quedado menos dañada y se podría habría evitado mucho dolor…

Cinco años después es un despropósito ‘beatificar’ a Fernando Simón por haberse hecho cargo de «la salud de un país». Él es probablemente buena persona, pero desgraciadamente su gestión fue asombrosamente deficiente. No fue capaz de predecir la evolución de la pandemia, ni de entender la dinámica de los contagios, ni de avisarnos de lo que se nos venía encima… a pesar de que ya sabía lo que estaba ocurriendo en Italia con el coronavirus.

P. S.: El impulso pandémico es análogo al concepto de ‘cantidad de movimiento’ en mecánica clásica (momentum). En una bola de nieve es el producto de la masa por la velocidad. En una pandemia es el producto entre los casos activos y la velocidad de propagación.

Más detalles en: https://doi.org/10.1016/j.techfore.2023.122572

Madrid, 30 de marzo de 2025.

Este artículo se publicó originalmente en la edición de La Safor del Levante-EMV el 2 de abril de 2025.

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